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Trump y su inmensa capacidad de comunicación

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Trump y su inmensa capacidad de comunicación

Por Anna Alonso

Es poder, no servicio. En uno de los peores fines de semana para las previsiones de la economía mundial, la fotografía de Trump, montado en un coche de golf con su hijo, impasible, ante la mirada atónita de un mundo confundido, resulta inquietante. Más allá de si los aranceles pueden tener algún tipo de sentido desde el punto de vista económico o si, simplemente, lo que quiere Trump es negociar, la escenografía, la fotografía política que utiliza, parece, para mí, la de un psicópata.

Según el neuropsiquiatra Boris Cyrulnik –en el libro “Los patitos feos”–, “los perversos, los que carecen de sentido de la culpabilidad porque su empatía, su capacidad para ponerse en el lugar del otro, no se ha desarrollado, destruyen cualquiera con mucho placer. ya la culpabilidad”. ¿Trump se siente responsable de algo? ¿Cuál es la moral de un presidente capaz de hacer público un vídeo como el de Trump Gaza?

Más de 5 años después de haber escrito este artículo sobre “La estrategia comunicativa de Trump”, vuelvo a constatar la inmensa capacidad de comunicación del magnate. Cuando habla, todo el mundo le entiende. Y este es uno de los principales peligros; el intenso rechazo que nos provoca a muchos su forma de mostrar el poder es inversamente proporcional a la capacidad de seducción y atracción que despierta en muchos su gesto autoritario.

La absurdidad y el misterio que rodean a muchas de sus decisiones es inaceptable. En una democracia, los gobernantes son servidores del poder que les otorga el pueblo y un buen gobernante tiene en cuenta al adversario político.

Con Trump, la incertidumbre se ha apoderado de muchos gobiernos, y detrás de los gobiernos, empresas, empresarios, familias, trabajadores y trabajadoras cuya vida no conocemos, pero que, al fin y al cabo, vale exactamente lo mismo que la de Trump. En este sentido, recomiendo encarecidamente la lectura de este artículo de John Carlin sobre el pequeño país sudafricano Lesoto y el poeta y sacerdote inglés John Donne. Y sí, de una forma u otra, «todos estamos ligados a la humanidad».

Imaginemos, por unos momentos, que en el fin de semana del llamado «Liberation Day» o «Día de la Liberación», Trump hubiera organizado un partido de fútbol en la Casa Blanca. Habría invitado a mandatarios de todo el mundo y los equipos serían mixtos, hombres y mujeres, de derechas e izquierdas, en el mismo bando: Vladimir Putin, Ursula von der Leyen, Emmanuel Macron, Joe Biden, Viktor Orban, Nancy Pelosi, Volodímir Zelenski, Pedro Sánchez… Puestos a imaginar, ¿no parece una imagen mucho más simpática y positiva que la de un Trump aislado, jugando al golf en Florida, rodeado de ricos como él riéndole las gracias con miedo?

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